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Noticias y Opiniones

Un médico por amor al prójimo



Su sonrisa fue la de un niño, la de un joven, la de un hombre que no envejecía. El doctor Jacinto Convit (Caracas, 11 de septiembre, 1913 - ), con sus grandes ojos azules como faros que iluminaban con acierto, nació para servir y alegrarse por el bienestar del otro. Así lo entendió cuando comenzó su misión de salvar vidas, hace más de 70 años.

“Nosotros los médicos no estamos hechos para estar ganando reales como objetivo. El objetivo nuestro es curar a los pacientes, tratar bien a los pacientes, ver si les podemos resolver sus problemas”, dijo, en tono de reflexión y recordatorio, a quienes quisieron escucharle o soslayaron su juramento hipocrático.

Desde 1937 se dedicó al estudio de la lepra, inspirado por el doctor Martín Vegas. Apenas se graduó en Ciencias Médicas, en la Universidad Central de Venezuela (1938), empezó a trabajar como residente en la leprosería de Cabo Blanco, una casona ubicada en el litoral varguense en la que alimentó su conocimiento profesional y humano durante siete años.

Su compasión por quienes padecían una enfermedad que para entonces no tenía cura, lo motivó a investigar sin descanso.

Fue director de las leproserías nacionales y el primer director de la división de lepra del Ministerio de Salud e impulsor fundamental de la lucha antileprosa en Venezuela.

Al no ver nunca obstáculos sino retos en su camino, Convit unió esfuerzos para desarrollar modelos de vacunación para el control de la lepra y la leishmaniasis.

Dermatólogo, sanitarista, docente, investigador, pero sobre todo humano, Convit fue un infatigable trabajador por la salud.

Entre los muchos galardones que recibió en más de 70 años de labor, ostenta el premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1987 y una nominación al Nobel de Medicina un año después, debido a sus éxitos en la lucha contra la lepra.

A los 100 años se sinstió satisfecho de estar activo y brindando su servicio a la salud pública (51 años en el Hospital Vargas y 25 al frente del Instituto de Biomedicina, del cual es fundador).

A los jóvenes les dijo que “deben tener un ámbito de formación que no sea única y exclusivamente científico”, porque si bien “el médico necesita manejar las máquinas, tener el aspecto más avanzado de la medicina, debe recordar que él es una persona humana y recordar que va a tratar a un humano”. Y cuando muchos pensarían que sería comprensible su retiro, dada su larga trayectoria y sus valiosos aportes a la ciencia y la investigación mundial, el doctor Convit volvió a dar buenas noticias: trabajar en un modelo de vacuna contra el cáncer. La noticia renovó la esperanza en la vida, como fue la especialidad del caraqueño, hijo de inmigrante catalán y de venezolana de origen canario, padre de cuatro varones y maestro de generaciones.

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